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miércoles, 10 de julio de 2013

Creepypasta La hora de dormir

Se supone que la hora de dormir debe ser un momento feliz para un niño cansado; para mí era aterrador. Mientras algunos niños pueden quejarse por ser enviados a la cama antes de que hayan terminado de ver una película o jugar su videojuego favorito, cuando yo era un niño, la noche era algo a lo que temer realmente. En algún lugar de mi mente lo sigue siendo.
Como alguien que ha sido instruido en las ciencias, no puedo demostrar que lo que me pasó fue objetivamente real, pero puedo jurar que lo que experimenté fue terror genuino. Un miedo que en mi vida, me alegro de decir, nunca ha sido igualado. Voy a relatarles todo lo mejor que pueda; tómenlo como mejor les convenga. Yo estaré contento con sólo sacarlo de mi pecho.
No puedo recordar exactamente cuándo inició, pero mi aprensión hacia conciliar el sueño parecía corresponder con haber sido trasladado a una habitación propia. Tenía ocho años de edad entonces, y hasta ese momento había compartido una habitación con mi hermano mayor. Como es perfectamente comprensible para un niño cinco años mayor que yo, mi hermano finalmente pidió una habitación para él solo y, como resultado, se me entregó la habitación en la parte trasera de la casa.
Era una habitación pequeña, estrecha, y sin embargo extrañamente alargada, lo suficiente como para alojar una cama y un par de muebles, pero no mucho más. Realmente no podía quejarme; incluso a esa edad, comprendía que no teníamos una casa grande y no tenía ningún motivo válido para estar decepcionado, puesto que mi familia era tanto amorosa como protectora. Fue una infancia feliz, durante el día.
Una ventana solitaria daba a nuestro jardín trasero, nada fuera de lo común, pero incluso durante el día la luz que se colaba en esa habitación parecía casi vacilante.
Mientras que mi hermano recibió una nueva cama, a mí me dieron la litera que solíamos compartir. Aunque me sentía mal por tener que dormir a solas, estaba emocionado ante la idea de poder dormir en la cama de arriba, lo que me parecía mucho más audaz.
Desde la primera noche recuerdo una extraña sensación de malestar abriéndose paso desde el fondo de mi mente. Me tumbé en la cama de arriba, observando mis figuras de acción y coches regados sobre la alfombra azul. En tanto batallas y aventuras imaginarias tenían lugar entre los juguetes del piso, no podía evitar sentir que mis ojos estaban siendo lentamente arrastrados hacia la litera de abajo, como si algo se moviera en el rabillo del ojo. Algo que no quería ser visto.
La cama estaba vacía, hecha impecablemente con una manta azul oscuro que cubría parcialmente dos almohadas blancas algo flácidas. No reflexioné más sobre ello en aquel momento, era un niño, y el ruido de la televisión de mis padres deslizándose por debajo de mi puerta me envolvía en una cálida sensación de seguridad y bienestar.
Me quedé dormido.
Al ser despertado de un sueño profundo por algo en movimiento, agitándose, te puede tomar un momento para realmente darte cuenta de lo que está sucediendo. El velo del sueño se cierne sobre tus ojos y oídos incluso cuando estás lúcido.
Algo se movía, no había ninguna duda al respecto.
Al principio no estaba seguro de lo que era. Todo estaba oscuro, casi completamente negro, pero entraba suficiente luz desde afuera como para distinguir los contornos del estrecho y sofocante cuarto. Dos pensamientos aparecieron en mi mente simultáneamente. El primero era que mis padres seguían en la cama, porque el resto de la casa estaba a oscuras, y en silencio. El segundo pensamiento se concentró en el ruido. Un ruido que obviamente me había despertado.
Mientras las últimas telarañas del sueño se desvanecían de mi mente, el ruido tomó una forma más familiar. A veces el más simple de los sonidos puede ser el más desconcertante; una brisa fría meciendo un árbol, los pasos de un vecino incómodamente cerca, o, en este caso, el simple sonido de sábanas revolviéndose en la oscuridad.
Eso era, sábanas revolviéndose en la oscuridad como si un durmiente perturbado estuviera tratando de ponerse cómodo en la cama de abajo. Me quedé inmóvil, reteniendo el pensamiento de que el ruido era o mi imaginación, o tal vez sólo mi gato buscando en donde pasar la noche. Fue entonces cuando noté la puerta, cerrada como lo había estado antes de que me quedase dormido.
Quizá mi madre había venido a chequearme y el gato se había escabullido en mi habitación.
Sí, eso debió de haber sido. Me volví hacia la pared, cerrando los ojos con la vana esperanza de que pudiera volver a dormirme. Mientras conciliaba el sueño, el movimiento de debajo de mí cesó. Pensé que había espantado a mi gato, pero pronto me di cuenta de que el visitante en la cama de abajo era mucho menos mundano que mi mascota tratando de dormir, y mucho más siniestro.
Como si hubiera sido molestado, descontento por mi presencia, el durmiente perturbado comenzó a revolverse y girar violentamente, como un niño haciendo un berrinche en su cama. Podía oír las sábanas torcerse y girar con una ferocidad cada vez mayor. El miedo se apoderó de mí entonces, no en la misma manera sutil en que lo había experimentado hace un momento, sino que ahora era potente y sobrecogedor. Mi corazón se aceleró en tanto mis ojos se dilataron, escudriñando la oscuridad casi impenetrable.
Dejé escapar un grito.
Como la mayoría de los niños hacen, instintivamente llamé a mi madre. Podía escuchar pisadas desde el otro lado de la casa, pero en cuanto di un suspiro de alivio porque mis padres venían a salvarme, la litera de repente empezó a temblar violentamente como si estuviera siendo sacudida por un terremoto, chocando repetidamente contra la pared. No me atreví a saltar de la cama por temor de que la cosa abajo se me acercara y me atrapara, llevándome hacia la oscuridad, así que me quedé allí, con los nudillos blancos atrayendo las sábanas hacia mí como un manto de protección. La espera me pareció una eternidad.
La puerta finalmente, y gracias a Dios, se abrió de golpe, dejándome inmóvil bajo la luz, mientras que la litera de abajo, el lugar de descanso de mi visitante no deseado, permanecía vacío y silencioso.
Yo lloraba y mi madre me consolaba. Lágrimas de miedo, y luego de alivio, corrían por mi cara. Sin embargo, a pesar de todo el horror, no le dije por qué estaba tan asustado. No puedo explicarlo, pero era como si lo que sea que hubiera estado en esa cama volvería con que siquiera hablara de ello, o pronunciara una sola sílaba de su existencia. Si eso era así en verdad, no lo sé, pero cuando era niño sentí como si esa amenaza invisible se mantuviera cerca, escuchando.
Mi madre se acostó en la cama vacía, prometiéndome que estaría allí hasta la mañana. Eventualmente mi ansiedad se calmó, el cansancio me obligó a dormir de nuevo; pero permanecí inquieto, despertando continuamente al sonido de sábanas revolviéndose.
Recuerdo que al día siguiente quería ir a cualquier parte, estar en cualquier parte, excepto en aquella habitación estrecha y sofocante. Era sábado y pasé jugando afuera muy contento con mis amigos. Aunque nuestra casa no era grande tuvimos la suerte de tener un extenso jardín en la parte posterior. Jugábamos allí a menudo, pues gran parte se había dejado crecer y podíamos ocultarnos en los arbustos, escalar el enorme árbol de sicomoro que sobresalía por encima de todo, y fácilmente imaginar que estábamos en una aventura fantástica, en alguna tierra exótica salvaje.
Aunque todo era muy divertido, ocasionalmente dirigía mi mirada a esa pequeña ventana; ordinaria, delgada, inocua. En el exterior, el exuberante entorno verde de nuestro jardín acompañado de las caras sonrientes de mis amigos no pudo extinguir la sensación que recorría mi espina dorsal. La sensación de que había algo en esa habitación observándome jugar, esperando la noche cuando estuviera solo, entusiasmadamente lleno de odio.
Puede sonarles extraño, pero cuando mis padres me dejaron solo de nuevo en esa habitación por la noche, no dije nada. No protesté, ni siquiera inventé una excusa de por qué no podía dormir allí. Simplemente entré en la habitación disgustado, subí los pocos escalones hacia la cama de arriba y luego esperé. Ahora que soy adulto estoy contando a todos acerca de mi experiencia, pero incluso a esa edad me sentía casi tonto de hablar de algo para lo que en realidad no tenía evidencias. Estaría mintiendo, sin embargo, si digo que esa fue la razón principal; todavía sentía que esa cosa se enfurecería con que siquiera hablara de ello.
Es curioso cómo ciertas palabras pueden permanecer ocultas de tu mente, sin importar cuán flagrantes o evidentes sean. Una palabra me llegó esa segunda noche, cuando estaba acostado en la oscuridad solo, asustado, consciente del cambio en el ambiente; un engrosamiento del aire, como si algo más lo hubiera desplazado. Al escuchar los primeros movimientos ocasionales de la ropa de cama de abajo: el primer incremento ansioso en mi ritmo cardiaco. Esa palabra, una palabra que había enviado al exilio, se filtró a través de mi conciencia, liberándose de toda represión y tallándose a sí misma en mi mente.
«Fantasma».
En lo que ese pensamiento vino a mí, me di cuenta de que mi visitante no deseado había dejado de moverse. Las sábanas de la cama yacían tranquilas y quietas; pero habían sido reemplazadas por algo mucho más aterrador. Una lenta, rítmica y áspera respiración escapaba de la cosa de abajo. Me podía imaginar su pecho subiendo y bajando con cada respiración sórdida, sibilante y confusa. Me estremecí, y deseé, más allá de toda esperanza, que se fuera sin incidentes.
Entonces algo inconfundiblemente escalofriante sucedió: se movió. Se movió de una manera diferente que la de antes. Cuando se agitaba en la cama parecía inmotivado, descontrolado, casi animal. Este movimiento, sin embargo, fue impulsado por la conciencia, con propósito, con un objetivo en mente. Pues esa cosa que yacía en la oscuridad, esa cosa que parecía estar decidida a aterrorizar a un niño, tranquilamente y con indiferencia, se sentó. Su dificultosa respiración se había vuelto más ruidosa ahora que sólo un colchón y unas cuantas tablillas delgadas de madera separaban mi cuerpo de ello.
Me quedé inmóvil, mis ojos se llenaron de lágrimas. Un miedo que las meras palabras no pueden expresar ni a ustedes ni a nadie corría por mis venas. Me imaginé cómo luciría esa cosa sentada ahí, escuchando desde debajo de mi colchón, esperando obtener la más mínima señal de que estaba despierto. La imaginación entonces se convirtió en una realidad desconcertante. Comenzó a tocar las tablillas de madera sobre las que mi colchón se sostenía. Parecía que las tocaba con cuidado, llevando lo que me imaginaba que eran dedos y manos a lo largo de la superficie de la madera.
Luego, con mucha fuerza, hizo presión entre dos tablillas, en el colchón. Incluso a través del relleno, se sintió como si alguien me hubiera metido violentamente sus dedos en mi costado. Dejé escapar un alarido y la sibilante y temblorosa cosa en la cama de abajo respondió a ello haciendo vibrar la litera, como lo había hecho la noche anterior.
Una vez más fui bañado en luz, y allí estaba mi madre, amorosa, preocupándose por mí como siempre lo hacía, con un abrazo reconfortante y palabras tranquilizadoras que eventualmente atenuaron mi histeria. Por supuesto, ella me preguntó lo que me pasaba, pero no pude decirle, no me atreví a decirle. Simplemente dije una palabra una y otra y otra vez.
«Pesadilla».
Este patrón de acontecimientos continuó durante semanas, si no meses. Noche tras noche me despertaba al sonido de sábanas revolviéndose. Gritaba cada vez, como para no darle a esa abominación tiempo para que me tocara y me «sintiera». Con cada grito la cama se sacudía violentamente, deteniéndose con la llegada de mi madre, quien pasaría el resto de la noche en la cama de abajo, aparentemente ignorante de la fuerza siniestra que torturaba a su hijo por las noches.
En varias ocasiones me las arreglé para fingir estar enfermo y pensé en otras razones no-del-todo-ciertas para dormir en la cama de mis padres, pero la mayoría de las veces estaba solo en ese lugar por las primeras horas de cada noche.
Con el tiempo puedes desensibilizarte de casi cualquier cosa, sin importa cuán terrible sea. Me había llegado a dar cuenta de que, por cualquier razón que fuera, esa cosa no podía hacerme daño cuando mi madre estaba presente. Estoy seguro de que lo mismo se aplicaría con mi padre, pero por más amoroso que él fuera, despertarlo de su sueño era casi imposible.
Después de unos meses me había acostumbrado a mi visitante nocturno. No confundan esto con una amistad sobrenatural, yo detestaba la cosa. Aún le temía sobremanera, ya que casi podía sentir sus deseos y su personalidad, si se le puede llamar así; una llena de un odio perverso y retorcido que me anhelaba, tal vez de entre todas las cosas.
Mis mayores temores se hicieron más patentes durante el invierno. Los días eran cortos, y las noches más largas proveían a ese desgraciado de más oportunidades. Fue un tiempo difícil para mi familia. Mi abuela, una mujer maravillosamente amable y gentil, se había deteriorado grandemente desde la muerte de mi abuelo. Mi madre estaba haciendo todo lo posible para mantenerla en su vecindario, pero la demencia es una enfermedad degenerativa y cruel, despojando a la persona de sus recuerdos un día a la vez. Pronto ella dejó de reconocernos, y quedó claro que tendría que ser trasladada de su casa a un hogar de ancianos.
Antes de que pudiéramos moverla, mi abuela tuvo unas noches particularmente difíciles y mi madre decidió que se quedaría con ella. Por mucho que amaba a mi abuela y no sentía más que angustia por su enfermedad, hasta el día de hoy me siento culpable de que mis primeros pensamientos no fueran sobre ella, sino de lo que mi visitante nocturno me podría hacer en caso de que se percatara de la ausencia de mi madre; su presencia siendo lo único de lo que estaba seguro que me protegía de todo el horror que esa cosa podría llegar a hacerme sentir.
Me apuré a mi casa después de la escuela ese día, y de inmediato quité las sábanas y el colchón de la cama de abajo, colocando sobre las tablillas un viejo escritorio, una cajonera y algunas sillas. Le dije a mi padre que estaba «haciendo una oficina», lo que encontró adorable, pero ni en broma le daría a esa cosa un lugar para dormir por otra noche más.
Cuando la oscuridad se acercaba, no sabía qué hacer. Mi único impulso fue el de recoger del joyero de mi mamá un crucifijo pequeño que había visto antes allí. Aunque mi familia no era muy religiosa, a esa edad yo todavía creía en Dios y tenía la esperanza de que de alguna manera eso me protegería. A pesar de mi miedo y ansiedad, mientras apretaba el crucifijo debajo de mi almohada con una mano, el sueño eventualmente llegó. Esperé despertarme por la mañana sin mayor incidencia; desafortunadamente, esa noche fue la más terrorífica de todas.
Me desperté gradualmente. La habitación estaba una vez más a oscuras. En lo que mis ojos se acostumbraban empecé a distinguir poco a poco la ventana y la puerta, las paredes, algunos juguetes en un estante y… Incluso hasta el día de hoy me estremezco al pensar en ello, pues no había ningún ruido. Ninguna agitación de las sábanas. Ningún movimiento en absoluto. La habitación se sentía sin vida. Sin vida, mas no vacía.
Mi visitante nocturno, esa desagradable y sibilante cosa llena de odio que me había aterrorizado noche tras noche, no estaba en la cama de abajo, ¡estaba en mi cama! Abrí la boca para gritar, pero no emití palabra. El terror absoluto había suprimido el sonido de mi voz. Me quedé inmóvil; si no podía gritar, no quería hacerle saber que estaba despierto.
Hasta ese momento no lo había visto, sólo podía sentirlo. Se ocultaba bajo mi sábana. Podía ver su contorno, y podía sentir su presencia, pero no me atreví a mirar. Su peso recaía sobre mí, una sensación que nunca olvidaré. Cuando digo que las horas pasaron, no exagero. Acostado allí inmóvil, en la oscuridad, horrorizado.
El miedo a veces puede desgastarte, hacerte un manojo de nervios, dejando sólo el más mínimo rastro de ti detrás. ¡Tenía que salir de esa cama! Entonces lo recordé, el crucifijo. Mi mano todavía estaba debajo de la almohada, pero no tenía nada. Lentamente tanteé alrededor para encontrarlo, minimizando lo mejor que pude el sonido y las vibraciones que causaba, pero no lo pude encontrar. O lo había tirado de la cama, o… ni siquiera podía concebirlo: lo habían tomado de mi mano.
Sin el crucifijo perdí toda noción de esperanza. Incluso a una edad tan joven, puedes estar bastante consciente de lo que es la muerte, e intensamente asustado de ella. Sabía que iba a morir en esa cama si me quedaba allí, pasivo, expectante, sin hacer nada. Tenía que salir del cuarto, pero ¿cómo? ¿Debía saltar de la cama y esperar que llegara a la puerta a salvo?, ¿qué si era más rápido que yo? ¿O debería arrastrarme lentamente fuera de la cama, esperando no despertar a mi compañero de litera?
Al darme cuenta de que no hizo nada cuando me moví tratando de encontrar el crucifijo, empecé a tener las ideas más extrañas.
¿Y si estaba dormido?
Ni siquiera había respirado desde que me desperté. Tal vez estaba descansando, creyendo que finalmente me poseía. Que finalmente estaba en sus garras. O quizá estaba jugando conmigo, después de todo eso es exactamente lo que había hecho por incontables noches, y ahora que estaba debajo de ello, apretado contra mi colchón sin una madre que me protegiera, tal vez sólo lo estaba posponiendo, saboreando su victoria hasta el último momento posible. Como un animal salvaje saboreando su presa.
Traté de respirar tan superficialmente como me fue posible, y reuniendo cada gramo de coraje que pude, comencé a levantar la sábana con la mano derecha. Lo que encontré bajo esas cubiertas casi detuvo mi corazón. No lo vi, pero en lo que mi mano movía la sábana, rozó algo. Algo suave y frío. Algo que sin lugar a dudas se sentía como una mano delgada.
Contuve la respiración, asustado, pues ahora estaba seguro de que sabía que estaba despierto.
Nada.
No se movía, parecía… muerto. Tras unos momentos llevé la mano un poco más adentro de la sábana y sentí un antebrazo delgado y mal formado; mi confianza y curiosidad casi mórbida creció en tanto me movía hacia un bíceps desproporcionadamente grande. El brazo estaba estirado, acostado sobre mi pecho, con la mano apoyada en mi hombro izquierdo, como si me hubiera agarrado mientras dormía. Entendí que tendría que mover ese apéndice cadavérico si quería escapar de sus garras.
Por alguna razón, la sensación en el hombro de mi ropa siendo arrugada por ese invasor de la noche me detuvo en seco. El miedo una vez más se acumuló en mi estómago y en mi pecho, mientras retiraba mi mano con disgusto por el tacto de cabello desarreglado y grasoso.
No me atrevía a tocar su cara, pero hasta el día de hoy me pregunto cómo se habría sentido.
Dios santo, se movió.
Se movió. Fue sutil, pero su agarre en mi hombro y a lo largo de mi cuerpo se hizo más fuerte. No hubo lágrimas, pero por Dios que quería de llorar. Mientras su mano y brazo se enrollaban en mí, mi pierna derecha tocó la pared que estaba contra la cama. De entre todo lo que me pasó en esa habitación, esto fue lo más extraño. Me di cuenta de que la rancia y sofocante cosa que obtenía gran placer de violar la cama de un niño, no estaba enteramente encima de mí. Estaba saliendo de la pared, como una araña cazando desde su guarida.
De pronto, su agarre pasó de un apretón leve a un estrujón repentino; me jaló y arañó mi ropa, como asustado de que su oportunidad pasara. Opuse resistencia, pero su brazo esquelético era demasiado fuerte para mí. Su cabeza se alzó, retorciéndose bajo la sábana. Ahora comprendía hacia dónde era que me estaba llevando, ¡a la pared! Luché por mi vida, lloré y de pronto mi voz había regresado, gritando, pero nadie vino.
Entonces supe por qué estaba tan ansioso, por qué tenía que poseerme en ese instante. A través de mi ventana, esa ventana que parecía representar tanta maldad desde afuera, nacía esperanza: los primeros rayos de sol. Seguí luchando, sabiendo que de aguantar un poco más, se iría. Mientras luchaba por mi vida, el parásito sobrenatural cambió de táctica, acercándose poco a poco a mi pecho, con su cabeza ahora asomándose por debajo de las sábanas, sibilante, tosiendo, jadeando. No recuerdo sus facciones, simplemente recuerdo su aliento contra mi rostro, fétido y tan frío como el hielo.
A medida que el sol apareció en el horizonte, ese lugar oscuro, ese cuarto asfixiante fue purificado, bañado por la luz solar.
Me desmayé cuando sus dedos flacos rodearon mi cuello, sacando la vida de mi cuerpo.
Fui despertado por mi padre ofreciéndome desayuno, ¡una vista en efecto maravillosa! Había sobrevivido a la experiencia más horrible de mi vida hasta ese momento, y ahora. Despegué la cama de la pared, retirando asimismo los muebles que creí que harían desistir a esa cosa de tomar una cama. Poco sabía que intentaría tomar la mía… y a mí.
Nunca le conté a nadie esta historia. Hasta el día de hoy, aún me despierto cubierto en sudor frío al sonido de las sábanas revolviéndose, o un jadeo causado por un resfriado; y ciertamente nunca duermo con la cama contra la pared. Llámenlo superstición si quieren, pues como he dicho, no puedo descartar explicaciones convencionales, tales como parálisis del sueño, alucinaciones o una imaginación demasiado activa, pero puedo decir esto: al siguiente mes mis padres me dieron su habitación en el otro extremo de la casa y ellos tomaron ese extrañamente sofocante pero alargado lugar como su dormitorio. Me dijeron que no necesitaban una habitación espaciosa, sólo una lo suficientemente grande como para alojar una cama y algunas otras cosas.
Duraron diez días. Nos mudamos al onceavo.

viernes, 21 de junio de 2013

La niña del río

Mi abuelo, para trasladarse a la mina tenía que levantarse a las 3 de la madrugada para iniciar su camino a pie por el monte, así mismo pasaba por la orilla de un rio, y en una ocasión, vio una pequeña niña vestida a la moda antigua (en esa época habrá sido de mediados de 1800) que le hacía señas, y cuando se acercaba la niña desaparecía. Así transcurrieron varios días en que al pasar por la orilla del río mi abuelo veía aquella aparición, y al comentarle a sus compañeros de trabajo (mineros rudos de provincia, no se mofaban, como pudieran pensar ustedes, sino al contrario, se santiguaban con temor y le decía a mi abuelo -”Háblale al ánima Flaviano, a lo mejor te lleva al enterradito”-. (Enterradito llamaban ellos a un “tesoro”
enterrado que posiblemente estuviera custodiando el ánima o aparición y por lo mismo no podía descansar).

Un día de descanso -raro en aquellos tiempos- mi abuelo se levantó pensando que se le había hecho tarde. Recriminó y reprendió a mi abuela (que apenas contaba con 14 años de edad, cosas de la época), salió corriendo por la vereda hacia la mina; ya estaba clareando y se extrañó de no encontrar a ninguno de los trabajadores por el camino, hasta que llegó a la orilla de aquel rio y se acordó que no había trabajo.

Aquel día, dispuesto y más molesto aún, dio media vuelta para regresar a casa cuando de pronto vio a esa niñita de no más de 5 años con un vestido inmaculadamente blanco y sus botitas blancas también sin una mancha de tierra o lodo. Mi abuelo se acercó y le preguntó: - ¿Qué haces aquí solita, criatura del señor, estás perdida?
La niña le contestó:
- Sí, hazme un favor, llévame al otro lado del rio, de aquel lado está mi casa y si me atraviesas te daré todo lo que quieras. Mis papás tienen mucho dinero.

Mi abuelo, con desconfianza y trabajando su mente a mil por hora, pensó ¿cómo es posible que una niña de esa edad esté por aquí, a estas horas y en época de lluvias sin una sola mancha ni siquiera en los zapatos?
La niña le volvió a decir:
- Ándale señor, cárgame y llévame al otro lado del río, esta es la parte menos onda y no me quiero ensuciar, te daré todo lo que quieras.

Ante la insistencia de aquella niña mi abuelo accedió a llevarla pero sólo hasta la mitad del rio. Cuando se acomodó a la niña en la espalda ella le inquirió:
- Solamente no vayas a voltear oigas lo que oigas, del otro lado estará una gran vasija de monedas, pero no vayas a voltear.

Cuando le dijo esto ya iba por la tercera parte del río, cuando empezó a sentir que el peso que traía a sus espaldas empezaba a ser cada vez mayor, y cuando quería voltear a ver qué pasaba, la voz de la niña le decía:
- No voltees por favor, apúrate, ya falta poco…

Cuando le faltaban unos cuantos metros para llegar a la orilla, la curiosidad fue más fuerte que aquel hombre, y al voltear cuál fue su sorpresa, que en vez de encontrar a la niña en sus espaldas encontró a una víbora (así la llamó él) enorme y gruesa con unos grandes colmillos y baba espesa que escurría por sus fauces. Al ver aquello mi abuelo gritó espantado “Ave María Purísima” al tiempo que aventaba aquella cosa al río.

En eso aquel ser le dijo:
- Te dije que no voltearas, ya te faltaba poquito. Señor, ¡¡¡ándale, llévame!!!.

 Mi abuelo no hizo caso y se empezó a alejar sin dar la espalda a aquel ser cuando éste se sumergió, y al sumergirse vio cómo al otro lado del rio empezaba a “arder” (expresión que aplican cuando hay una luz irradiando cierta parte del campo, la cual dicen, es ahí donde está el “enterradito”).

Bien, mi abuelo corrió a su casa y no contó lo sucedido hasta varios días después, con sus amigos del trabajo, los cuales le recriminaron que por qué no había escarbado adonde vió “arder”. Mi abuelo objetó que eso no era para él, que era cosa del demonio… Así pasaron varios días hasta que dos de sus amigos desaparecieron. Uno nunca lo encontraron y al otro lo hallaron vagando por el rumbo de la orilla del río repitiendo lo siguiente: “Yo te llevo al otro lado del río, yo te llevo al otro lado del río…”

Y antes de morir, ese amigo, en un destello de lucidez, les comentó cómo fueron la otra persona y él al lugar donde les dijo mi abuelo que había visto “arder” y en donde aventó a aquel monstruoso ser, y que lo único que recuerdan es a la niña pidiéndoles le ayudaran a atravesar el rio.

Los muñecos también lloran

Eran días soleados en la calle Burth, al norte de Haiven. Rayos de sol estrepitosos recorrían las inocentes caras de los niños que galopaban por el verde pasto semi-quemado, luego de una tortuosa temporada de verano. Varios padres sentados en los asientos de la plaza aguardaban que se empiece a poner el sol para iniciar el regreso a casa. Risas y llantos, gritos y lamentos, solo adelantos de lo que vendría.

Del otro lado del parque, un joven muchacho caminaba nervioso, a paso lento y dubitativo. Tenía un bolso grande colgando de su flacucha y fea espalda, vaya a saber uno su contenido. Su traje blanco y negro y la pintura que tapaba muchos de sus rasgos faciales eran la máscara perfecta para poder
llevar adelante su cruel y siniestro plan. “Hoy es el día”, -murmuró entre dientes-, mientras ensayaba una despiadada mueca.

Eran cerca de las 4 de la tarde cuando una silueta misteriosa se acercó como una brisa a una de las madres que observaban a sus chicos. La sombra se hizo notar recién cuando tapó la vista de la mujer, que se dio vuelta un tanto asustada, ante el silencio de su probable interlocutor. Al darse vuelta se encontró con un inofensivo mimo, uno de los personajes mas simpáticos y amables de la cultura artística urbana. El joven le regaló una flor espléndidamente hermosa y rosagante, mientras realizaba unas alegres piruetas, lo que provocó la risa de las demás madres presentes en el lugar. La cara de la joven mujer tomó un tinte rojo sangre.

Al finalizar la jornada, el mimo había acaparado la atención de todos los infantes y adultos de la plaza, y había recolectado una módica suma que le permitiría comer algo decente y beber un poco de alcohol barato, tal vez whisky de 7 dólares la petaca. Mientras se desalojaba la zona, algunos escépticos vieron una fugaz figura moviéndose rápidamente hacia el espacio vacío, pero pensaron que se trataba de un animal suelto o algún efecto engañoso del sol marchándose. Pero todo se puso tenso cuando un horrendo grito de mujer empezó a rondar por la plaza, tranquila hasta ese entonces. Era una madre que no encontraba a su hijita de 8 años. “Layda, Layda, ¡¿dónde estás?!” , era la nota de moda durante esos minutos.

Por la noche, el joven mimo se disponía a entrar a su asquerosa morada luego de traspasar un pasaje sucio y sin luz, luego de robarle unas monedas a un vago que había tomado una siesta. Posteriormente (despreciable por donde se lo mire) empujó a un ciego y le robó todo menos las medias. Ahora sí, estaba dispuesto a entrar a su choza. Estaba maltrecha y hedionda, pero a él no parecía importarle en absoluto. Es más, parecía gustarle regodearse en su asquerosidad. Tiró su bolso y se sacó los resabios de pintura que le habían quedado. Un fino grito se escuchaba saliendo de su bolso.

Una semana después , centenares de carteles y múltiples móviles policiales formaban parte del paisaje del ameno y tranquilo vecindario de Haiven. La gente tenía tema de conversación en la esquina y el almacén, y todos estaban sensibles por lo ocurrido, o por lo que podía ocurrir, ya que todavía la pequeña Layda no había aparecido. El horrible mimo caminaba por la plaza como si nada hubiera pasado, pero esta vez traía dos bolsos, el segundo todavía más grande que el otro.

El ánimo no estaba para shows, pero aun así algunos se interesaron y se prestaron a reírse unos momentos para olvidar este mal trago que tenía en velo a la ciudad. El mimo saludó y dio paso a su rutina. Comenzó haciendo el típico acto de escalar la cuerda, seguido de la entrega de la flor a todas las presentes, y fui allí cuando se dirigió a su segundo bolso, de donde extrajo un nuevo amigo: un muñeco de un pequeño mimo que lo ayudaría en su acto. Realizo piruetas con él hasta que llegó al acto final: una especie de acto de ventrilocuismo mudo, guiado por señas y movimientos burlescos. La gente estallaba de risa y el acto fue un gran éxito, a tal punto que la boina del mimo rebalsó de billetes verdes.

Al alejarse todos, el mimo se dispuso a guardar su material, y sin quererlo cruzó sus ojos con los del muñeco, que lo miraba fríamente con lágrimas rojas en los ojos…

Es el día de hoy, treinta años después, que un mimo avejentado y turbio da un show en la plaza de la ciudad. La gente habla maravillas sobre él: que tiene una maravillosa rutina, que se mueve con sorprendente gracia, que es el más amable de los artistas callejeros. Sin embargo, lo que más le llama la atención a la gente es la gran cantidad de muñecos que usa para sus rutinas. Muñecos que lloran…

Terror en carretera de la quinta Dimension

Eran las 2 de la mañana e iba por la ruta con mi madre y mi padre cómodamente dentro de la camioneta 4×4 Hilux, yo solo tenía 16 años, era un viaje hacia el sur y queríamos llegar a Rio Gallegos porque mi madre estaba muy interesada en conocerlo, a mi padre mucho no le interesaba porque a él le gusta el mar y no el frío. Delante nuestro no se veía más que la oscuridad ya que esa ruta no es muy transitada, pero de pronto apareció una luz muy tenue que poco a poco se fue transformando en una bola gigante que parecía fuego, cuando se acerco demasiado y prácticamente parecía que estuviera enfrente de nosotros, a unos 20 o 30 metros sobre la ruta, mire hacia mi costado y atrás solo se veía oscuridad, de pronto mi padre comenzó a decir la camioneta está fallando, hasta que se paro, y la luz gigante estaría a 15 metros sobre la ruta, simplemente cuando mire para un costado y me di cuenta que estaba solo, y que mi padre y mi madre no estaban
conmigo comencé a llamarlos, luego a gritar pero no había respuesta, la luz comenzó a acercarse, cuando estaba a 10 metros alrededor mío era solo calor y luz, no veía otra cosa tanto atrás como adelante y los costados, calculo que abran pasado 10 segundos y aparecí dentro de un galpón, mire delante mío y había una pistola que luego confirme que era una 9mm, instintivamente la agarre, estaba cargada, saque el cargador y comprobé que estaba totalmente cargado, el lugar era oscuro, comencé a caminar, había muchas estanterías, pero de pronto escuche un ruido de pasos muy fuertes, mire por el piso y vi unos pies gigantes que no parecían humanos, luego escuche un grito, confirme que no era un humano, camine tratando de alejarme de lo que yo suponía que era una bestia, pero me escucho y comenzó a perseguirme, vi una puerta, escape por ella, la cerré pero inmediatamente fue golpeado por este monstruo gigante, ya no tenía otra oportunidad solamente la de tirar con esa arma que parecería que el destino me la hubiera dejado en el lugar donde yo aparecí para que la usara, (por lo menos era lo que yo pensé en ese momento) el monstruo estaba a 5 metros míos, comenzó a crujir, era difícil de describir: 3 metros de altura, brazos de 1 metro y medio, pies de 50 cm con una coraza verde como la de un cocodrilo, una boca gigante en punta como la de 1 lagarto, dientes enormes y filosos, una lengua que sobresalía más de 1 metro de su boca, una cola que amenazante tiraba hacia donde yo estaba y casi me tocaba.

Logré tirarle y vacié el cargador entero en su cuerpo, cayó desplomado, se notaba que era un animal normal de carne y hueso, porque creo que lo mate, seguí caminando, abrí otra puerta y es como si hubiera encontrado la salida hacia el exterior, porque era un bosque gigante de oscuridad y niebla, con ruidos de pájaros, realmente tenebroso y abominable, pero me dije a mi mismo, creo que es la única salida es atravesar el bosque.

Camine varias horas y todo era igual, arboles a los costados, simplemente me quedaba 1 metro y medio para desplazarme hacia los costados porque ese bosque era muy selvático, arboles unos al lado de los otros y plantas silvestres, simplemente mi visión hacia delante era de 2 o 3 metros, y una cosa que me llamo la atención es que si es de noche supuestamente miro hacia arriba y tengo que ver estrellas y solamente se veía oscuridad, ni la luna parecería que existiera en ese lugar, con lo único que logre alumbrarme en principio es con mi celular que tenia linterna, pero luego pasaron 2 horas y ya se le había acabado la batería, seguí caminando pero sin luz, más despacio porque ya no tenía visión, hacia delante nada me alumbraba, pero otra cosa me llamo la atención, no solamente el tenebroso paisaje que describí sino también que pasaban las horas y no parecía que estuviera avanzando, uno puede decir que no se da cuenta del tiempo pero realmente creo que estuve caminando un día y medio, ya casi deshidratado pensaba en nada más que en agua, no amanecía, ese bosque era muy parecido al que iba a acampar con mi familia cuando era niño, pero ese lugar no era la tierra sin lugar a dudas, era otro planeta, como en la ruta apareció una luz tenue muy lejos trate de ir hacia ella ya que no tenía otra opción, cuando me fui acercando comencé a escuchar a mi padre y a mi madre que me decían ¿donde estas?, pero no los veía, si lo que vi es lo que yo podría llamar androide, o no sé qué nombre ponerle a esa cosa extraña que tenia 1 metro de altura, ojos saltones, piernas chiquitas, cuerpo flaco y a pesar de que estaba muy oscuro creo que era de color gris, orejas grandes, comenzó a hablar sin yo entenderlo bien, pero de lo que entendí es que me estaba ofreciendo un vaso de agua que tenía en su mano, el cual acerco hacia mí, lo tome, y bebí ese liquido, cuando termine comenzaron a aparecer luces por todos lados, detrás, delante y a los costados míos, de pronto oscuridad, cuando mire hacia atrás, vi a mi madre y a mi padre a los costados de la camioneta y me dijeron ¿donde estuviste? No te veíamos por ningún lado y yo les respondí, tuve una vivencia increíble de aproximadamente 1 día y medio, ellos me respondieron: nosotros hace 10 minutos que te estábamos buscando y no te encontramos.

Sin lugar a dudas estuve en otra dimensión, subimos a la camioneta y continuábamos nuestro viaje.

Le conté a mis padres lo ocurrido, hoy en día todavía cuando nos miramos yo a mis padres y ellos a mi recordamos eso increíble ¿cómo llamarlo? no se pero a veces yo a mi padre o a mi madre o ellos a mi me dicen ¿te acuerdas de la dimensión desconocida?.

Creepypasta The Rake

Hace tres años, acababa de regresar de un viaje a las Cataratas del Niágara con mi familia por el 4 de julio. Estábamos exhaustos luego de conducir todo el día, así que pusimos a los niños en la cama y nos fuimos a dormir.

A las 4 de la madrugada me desperté con la idea de que mi esposo había ido al baño. Aproveché para jalar las sábanas, despertándolo en el proceso. Me disculpé y le dije que pensé que se había levantado de la cama. Cuando me vio, suspiró y retiró sus pies de la orilla de la cama tan rápido que su rodilla casi me tiró. Me agarró y no dijo nada.


Luego de ajustar mi vista a la oscuridad por medio segundo, fui capaz de distinguir qué causó la reacción. Al pie de la cama, sentado y viéndonos de lejos, había lo que pensé era un hombre desnudo, o un gran perro sin pelo de algún tipo. Su posición era perturbadora y no natural, como si hubiese sido arrollado por un auto. Por alguna razón no sentí miedo, sino preocupación por su condición. Hasta ese momento, estaba bajo la asunción de que debíamos ayudarlo.

Mi esposo estaba viendo sobre su brazo y la rodilla, doblado en posición fetal, ocasionalmente viéndome antes de regresar la mirada a la criatura.

En un movimiento veloz se arrastró hacia nosotros, a un lado de la cama, hasta quedar a poco menos de 30 cm. del rostro de mi esposo. Por medio minuto, en silencio, sólo le observó.

Se levantó y corrió al pasillo en dirección a los cuartos de los niños. Grité y fui tras él para detenerlo y evitar que los hiriera. Cuando llegué al pasillo, la tenue iluminación era suficiente como para verlo agachado y jorobado a unos 6 metros a la distancia. Estaba cubierto de sangre y tenía a Clara, mi hija. La arrojó bruscamente y huyó por las escaleras cuando mi esposo le disparó con su arma desde la habitación.

Una gran herida atravesaba el pecho de Clara y con esfuerzo se mantenía consciente. Llamamos por una ambulancia e inútilmente tratamos de detener el sangrado, mi esposo maldecía iracundo y lloraba descontrolado. Presenciar la vida de mi hija terminar me tenía paralizada y escuchar los lamentos de su hermano menor ante la situación fue insoportable. Sin darme mucha oportunidad de reaccionar mi esposo tomó a Clara y la llevó a la camioneta, desesperado por la ausencia de ayuda la encaminó él mismo al hospital. Estoy segura de haberla escuchado decir “Él es el Rastrillo” en una débil y esforzada voz previo a que dejara la habitación.

Impactaron violentamente contra un camión de carga que frecuentaba la ruta de nuestro pueblo, murieron casi instantáneamente.

En pocos días la noticia se movilizó entre los medios. La policía ayudó un poco al principio, y el diario local tomó mucho interés en ello. Pero nada jamás fue publicado, y la nota en las noticias locales nunca tuvo seguimiento.

Por varios meses, mi hijo Justin y yo nos quedamos en un hotel cercano a casa de mis padres. Después de que decidimos regresar a casa, comencé a buscar respuestas por mí misma. Eventualmente encontré a un hombre en otra ciudad vecina que tuvo una historia similar. Entramos en contacto y comenzamos a hablar de lo ocurrido. Conocía a otras dos personas que habían visto a la criatura que ahora llamaremos El Rastrillo, en Nueva York.

Nos tomó a los cuatro casi dos años de buscar en Internet y escribir cartas para obtener una pequeña colección de lo que creíamos que eran registros del Rastrillo. Ninguno dio detalles, historia o seguimiento. Una jornada involucraba a la criatura en sus primeras 3 páginas, y nunca mencionada de nuevo. El diario de un marinero no explicaba nada del encuentro, diciendo que el Rastrillo le ordenó largarse del puerto en el que recientemente había desembarcado. Fue la última entrada del diario.

Eran varias las instancias en que la visita de la criatura era una en una serie de visitas a la misma persona. Muchos daban registro de que el Rastrillo les habló, mi hija incluida en esos testigos. Esto nos llevó a preguntarnos si el Rastrillo nos había visitado anteriormente antes del último encuentro.

Puse una grabadora digital cerca a mi cama y la dejé corriendo por toda la noche, cada noche, por dos semanas. Oía con interés los sonidos cada día que me despertaba. Para terminar con la segunda semana, estaba acostumbrada al sonido usual del sueño mientras oía el audio a 8 veces la velocidad normal, por cerca de una hora diaria.

Casi a finales del primer mes oí algo diferente. Una voz aguda, estridente. Era el Rastrillo. No pude escucharlo lo suficiente como para transcribirlo. No había dejado que nadie lo oyera. Todo lo que sé, es que lo oí antes, y ahora sé que habló cuando estaba sentado frente a mi esposo. No recuerdo haberlo oído en ese momento, pero, por alguna razón, la voz en la grabadora inmediatamente me lleva de vuelta a ese momento.

Los pensamientos que debieron pasar por la mente de mi hija me hicieron enojar.

No he visto al Rastrillo desde que arruinó mi vida, pero sé que ha estado en mi habitación mientras dormía. Sé y temo que un día despertaré para verlo de pie, con su mirada vacía puesta sobre mí.